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| Una bandera del PCN en el frente de uno de los autobuses de la empresa “El Crucero del Amor” del alcalde de Jucuarán Simón Cruz. |
A Simón Cruz le gustan las canciones de amor y hacer que las chicas se sientan importantes. Especiales. Les pide que lo acompañen por las noches, a ver cómo el mar se mece como hamaca y hace espuma en el malecón de Puerto El Triunfo. Las convida a tomar una cerveza, o más. José Simón Cruz paga la cuenta. Estaciona su carro en la noche negra, donde no hay sonidos, ni más luz que las estrellas. Se diría de él que es un romántico… de no ser porque la ley se ha inventado palabras malas, que lo persiguen, que no lo entienden. Palabras como secuestro y violación.
Esta historia comienza dos años atrás. Faltan apenas tres días para que termine 2006, son las 3 de la tarde y Lola habla con su hija en el interior de un rancho de adobe al que llaman hogar.
Silvia –así la llamaremos- se despide de su madre. Dice que va a la iglesia y sale de su casa muy contenta junto con Ana, su amiga.
En el municipio de Jucuarán, en el sur del departamento de Usulután, hay una estrecha vereda rural, en la que apenas cabe un vehículo pequeño, que deberá ir dando tumbos entre las piedras durante unos 20 minutos, hasta encontrarse con un inmenso paredón de tierra, que a la vez es la falda de un montículo sin nombre. En este punto, quien conduzca el vehículo deberá bajarse y caminar ladera abajo, atravesar una quebrada famélica y volver a subir un poco. Ahí, entre los árboles, está el caserío Gualchúa, y en él, aquella casita de techo bajo de la que ahora salen las dos chicas.
Pasan las horas, cae la noche, Gualchúa se queda a oscuras y Silvia no vuelve. A las 7 de la noche, Lola recibe una llamada y tiene un mal presentimiento.
En realidad Silvia nunca tuvo en mente ir a la iglesia. Es joven y está enamorada. En realidad es muy joven: es una niña, pero eso no le importa, pues ha conocido a alguien y está enamorada. Hace dos meses dejó de ser una chiquilla de 13 años y a sus 14 se siente ya una mujer. Desde hace días acaricia un plan que le revolotea en la cabeza, un plan secreto. Sólo lo ha compartido con su mejor amiga, que es su cómplice y que lo sabe todo.
Ana también está enamorada y teme que a sus padres ese plan no les haga ninguna gracia, así que ha decidido apegarse a un libreto clásico en estas latitudes: va a dejarse “robar”. Se fugará con su novio y será mujer. A Silvia le ha gustado el plan y decide hacer lo mismo. No sabemos quién lo propuso, quién pronunció primero la idea, pero para este día estaba todo listo. Eso es lo que tenía en mente cuando le dijo a su madre que iría a la iglesia.
A las 3 de la tarde, dos niñas dejan el ranchito de adobe, bajan una pequeña ladera, atraviesan la famélica quebrada y huyen de su infancia hacia los brazos de los que ya esperaban en el lugar conocido como El Guacamayo.
A la hora prevista, las dos parejas se encontrarán y se largarán, a bordo de un potente pick up blanco, a vivir una nueva vida en El Crucero del Amor.
Las palabras malas
Jucuarán es un municipio grande, el decimosexto municipio más grande entre los 262 que conforman el país. El mar le lame el territorio en la playa El Espino, que se extiende, con sus 10 kilómetros de longitud, hasta donde la vista alcanza.
Salvo la costa, es difícil encontrar en Jucuarán un solo palmo de tierra que no esté inclinado, que no se retuerza en pendientes o que no serpentee por algún risco. El casco urbano corona la punta de un cerro y pese a que por lo general el clima usuluteco amenaza con derretir a sus habitantes, la temperatura en la villa es benigna, producto de los 670 metros que se levanta desde la playa. Sus pobladores tienen en sus roperos abrigos que usan con alguna frecuencia.
En el centro de la villa hay una plazuela con mechones de grama seca, amarillenta, y un pequeño quiosco blanco en desuso. Todo el casco urbano está rodeado por montículos, el más grande de ellos cubierto por un entramado de vegetación que parece recortado de una selva profunda, dentro de la que destaca un árbol seco, que extiende sus ramas muertas como zarpas.
En la plaza hay varios quioscos de madera, que funcionan como restaurantes populares. Todos están pintados de un azul que el sol ha empalidecido y en uno de ellos se lee, en letras blancas, “Simón Cruz 100%”.
Simón Cruz es el alcalde de estos 239 kilómetros cuadrados. Es un hombre pequeño, moreno y de maneras campechanas. Este es su segundo período a la cabeza de una alcaldía en cuya pared frontal mandó escribir “Bienvenidos a la casa del pueblo”. Las dos elecciones las ha ganado con los colores del Partido de Conciliación Nacional.
“Simoncito va por Jucuarán”, confirma Rafael Machuca, el pecenista encargado del departamento de Usulután, al hacer memoria de cuáles de sus alcaldes buscarán la reelección para 2009. Simón es un alcalde popular en la zona por algunas de sus políticas edilicias, como regalar funerales. Si en su territorio alguien fallece y ese que fallece y su familia son pobres, Simón paga la cuenta. O también por dejar de cobrar algunas tasas municipales, como las que corresponden al tren de aseo y a los restaurantes y hostales de la playa El Espino.
Pero Simón Cruz no sólo es célebre entre los jucuarenses por ser su alcalde desde 2003, sino además porque si quieren salir de Jucuarán hacia cualquier otro lado y no tienen automóvil propio, deben abordar alguno de los coloridos buses que el edil posee. Los autobuses de Simón Cruz se pueden reconocer fácilmente de dos formas: porque todos ondean la bandera azul del PCN, o porque en el costado de sus latas sicodélicas, pintado en rosa y rojo, puede leerse: “El Crucero del Amor”. La empresa de transporte del alcalde quedó firmada, desde su bautismo, con el toque personal de su dueño.
Simón Cruz no vive en el municipio que regenta, sino a unos 30 minutos en auto, en el municipio de Santa María, cuya extensión se entrelaza con Usulután. El alcalde reside a la orilla de la carretera, en una casa que alguna vez fue un restaurante, justo en medio de dos instituciones muy concurridas en la zona: la universidad Gerardo Barrios y el burdel “Diamond Club Bar”. Pero si hay dudas sobre su ubicación, es sólo cuestión de dejarse guiar por el rótulo que la presenta: la casa de Simón se llama igual que su empresa.
Desde la calle se aprecian dos puertas metálicas enormes, pintadas de negro, como portón de iglesia, o garaje de buses. Dentro es más bien esto último. Un espacio central, donde cabe perfectamente un autobús y un entramado de salones y escaleras que reivindican su pasado restaurantero. Es ahí donde entra ahora ese pick up Toyota Hilux blanco, el placas P-41453, con su valioso tesoro: cuatro enamorados jubilosos, llenos de deseo, a punto.
La primera pareja, Ana y Juan, ella de 15 y él de 18; la segunda, Silvia y Simón Cruz, ella de 14 y él de 45.
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“La Casa del Pueblo”, la Alcaldía Municipal de Jucuarán, donde despacha Simón Cruz. |
Ana y Silvia se conocieron en la escuela. Se consideraban una a la otra su mejor amiga y no querían que su nuevo estatus de “acompañadas” las separara. Por eso Silvia convenció a su novio de que los dejara quedarse con ellos, hasta que las aguas se calmaran en la casa de su amiga.
Unas horas después de la fuga, Silvia se inquieta. Piensa en su casa, en sus padres. Seguro estarán preocupados, seguro estarán buscándola, seguro estarán molestos al saber la verdad. Así que convence a Ana de que telefonee a su madre y le cuente todo. Son las 7 de la noche.
Pasa la noche y amanece. Es el alba del 29 de diciembre cuando Dionisio entra presuroso a la estación de policía. Está molesto y quiere denunciar a Simón Cruz por robarle algo que él quiere mucho: su única hija. Pide a la policía que lo castigue por llevarse de su casa a Silvia. El agente de turno escribe a mano en la hoja de denuncias: “Según el declarante, fue informado que el imputado se llevó a su hija, desconociendo con qué fines”.
Los días van pasando y Simón Cruz vive con su lolita en El Crucero del Amor. Se van acostumbrando uno al otro. Claro, por sus responsabilidades, Simón Cruz no siempre está en la casa, se ausenta días enteros. A veces, incluso, no llega a dormir. Un alcalde tiene sus deberes.
Mientras tanto, la semilla que Dionisio sembró en la policía, va germinando y va creciendo en silencio, sin que los amantes lo sepan. De una instancia pasa a otra. Han pasado nueve días y la policía se pasea por Jucuarán haciendo preguntas y algunos fiscales fruncen el ceño cuando ven las edades y toman notas, escriben actas, preparan cargos. Aquella visita del padre de la niña-mujer al puesto de policía de Jucuarán, se va convirtiendo poco a poco en las primeras palabras feas en el expediente de este hombre que aparece identificado como José Simón Cruz: “privación de libertad” y “violación en menor e incapaz”.
Pero ahora Silvia no se imagina que su amor es ilegal. Va a bordo del mismo pick up en que se la robaron, pero haciendo el camino contrario. Simón Cruz está dispuesto a dar la cara ante los padres de la novia a la que le triplica la edad. Tiene un anuncio que hacer y va dispuesto a portarse como un hombre, como un hombre de su edad.
Lola y Dionisio son menores que Simón. Así que mientras su novio habla con papá y mamá, Silvia escucha atenta. Se están decidiendo cosas, es una charla seria, de adultos. Simón da la cara y, nueve días después de llevársela, pide permiso para ser oficialmente novio. Es un tremendo acto de humildad, porque después de todo él es alcalde y ellos unas personas que viven en un rancho de adobe, perdido en la retorcida geografía de Jucuarán. El padre es un jornalero y la madre ni siquiera sabe leer. Le otorgan su venia, su visto bueno y su hija. Simón sorprende a todos de pronto, cuando anuncia que está dispuesto a proteger la honra de la niña, y que para eso él se va a casar con Silvia. Ella escucha atenta.
Sin embargo, hay por ahí algún mínimo detalle que ajustar. Es decir, él es el alcalde y sus responsabilidades son tan variadas, tan inescrutables y -sobre todo- tan demandantes, que bueno, eso lo obliga a dejar sola a la chica algunos días y quizá sería mejor que ella regresara a vivir con los padres, que ciertamente podrán cuidar mejor de ella y él promete aparecer a la primera oportunidad que le permitan sus muchas ocupaciones. Asunto zanjado. Se acaba de decidir que Silvia se queda con sus padres y que él puede aparecer cuando quiera, e incluso quedarse a dormir.
Lo que no dijo esa vez Simón es que dentro de sus múltiples asuntos que atender está, por ejemplo, otra mujer con la que también acaba de iniciar una relación. Zulma vive en la playa, tiene 18 años y también reclama sus atenciones. Pero afortunadamente no lo dijo y ese día todos quedan con la sensación de haber arreglado un problema. Todos, menos los agentes de la ley, que siguen haciendo preguntas, frunciendo el ceño, tomando notas, escribiendo actas y preparando cargos.
La noche negra
Ha pasado exactamente un año desde cuando Silvia se fugó con Simón Cruz. Algunas cosas han cambiado: él cumplió su promesa y el 27 de febrero de 2007 la hizo su esposa. La ley sólo permite casarse con una menor si esta se encuentra embarazada. Silvia no lo estaba, pero eso se arregló fácilmente: Simón le dio al doctor Himmer, jefe de la Unidad de Salud de Jucuarán, un botecito con orina de una mujer que sí lo estaba. Asunto arreglado: ya tenían constancia de embarazo. En este año también Zulma se convirtió en mamá de Simón Cruz hijo, un niño de cinco meses. La mujer aún cree que es la única en la vida del alcalde. Pese a lo que se dice, ella está convencida de que está con un hombre bueno.
Ha pasado exactamente un año y en Usulután, en un desvencijado cuarto de mesón, una mujer está seriamente preocupada porque es casi medianoche y su hija y su sobrina no han vuelto.
El mesón Alvita es un muro que desafía a la ley de gravedad y a algunas otras leyes. O al menos eso es para la mayor parte de usulutecos, que nunca han considerado prudente visitarlo. Está en medio del barrio El Calvario, un vecindario mal reputado, posiblemente por ser zona límite entre los territorios que controlan la mara 18 y la MS-13.
La entrada es una puerta de madera, chaparrita, avejentada, pero que a simple vista parece la única responsable de que el muro se mantenga en su lugar. Dentro, hay tres hileras de cuartos. Sus paredes gruesas, de construcción mixta, algún día ya remoto recibieron una mano de cal y ahora se descascaran, mostrando sus entrañas. En la primera línea de cuartos, sobre el pasillo que los une, hay una cocina de leña, ahumada y renegrida. Frente a ella, dentro de su pieza oscura, está ahora esa mujer que no ha conseguido conciliar el sueño.
Quien mejor narra las razones del desvelo es un agente del puesto policial de Usulután, que en el futuro va a escribir, con una mezquina caligrafía: “Efectivamente, el día veintinueve de los corrientes acordaron con su hija que podría ir a cenar con el señor David, que irían en la zona del centro de Usulután. Manifiesta la diciente que su hija y su sobrina, ambas menores de edad, decidieron hacer efectiva la invitación a cenar como a eso de las diecisiete horas con cincuenta minutos aproximadamente, a lo que la señora Irma, como madre, le manifestó que lo más tarde que podían llegar eran a las diecinueve horas, a lo que aceptaron y las observó que se subieron, o abordaron, un vehículo tipo pick up color blanco, doble cabina y observó que iba el señor David a bordo, junto con otro señor a quien después se enteró que era o desempeña la función de alcalde…”
Lo cierto es que a las 19 horas las niñas no aparecieron. Ni a las 20, ni a las 21… Salieron con ese tipo relativamente conocido para Irma: David es pariente político de María, hija de Irma. Pero a ese otro hombre, el que conducía el pick up, no lo había visto nunca, no sabía nada de él. El caso es que las muchachas no han vuelto y a Irma se le enreda el pensamiento esta noche. Las angustias que dos chicas de 15 años son capaces de hacerle pasar a una madre…
A las 5 de la tarde de este día, María y Saraí –ninguna de las dos responde realmente a esos nombres- subieron al pick up de Simón Cruz.
Ellas no tenían realmente una propuesta que hacer: no conocían lugares, no frecuentaban la noche usuluteca. Eran pobres. Pobres y, para colmo, menores de edad. Pero no importó, y a Simón se le ocurrió una idea: ¿qué tal el malecón de Puerto El Triunfo? Trato hecho.
Considerando que este lugar está al menos a media hora de Usulután, de entrada la expedición tenía por destino violar las dos horas de permiso con las que contaban María y Saraí, incluso si solo llegaban, cenaban y se largaban a toda prisa. Y, por supuesto, eso no ocurrió así.
Cuando el mar está de buenas, las aguas tocan tímidamente la pequeña muralla que separa a las personas del agua; pero cuando el Pacífico simplemente no quiere saber nada de nadie, el malecón de Puerto El Triunfo sirve apenas para apartar a la gente de un cementerio de lanchas atoradas en una arena lodosa y maloliente. Así fue esa noche. Desde los restaurantes apenas se adivinaba, en la negrura, el rumor del mar.
Simón estacionó frente a una galera que da techo a varios restaurantes iluminados con motivos navideños. El Señor Tiburón, La Mariscada, Sol y Mar comparten techo, pero aquel grupo eligió El kayuquito.com, simplemente porque no había sitio en ningún otro lado. Se sentaron ante una mesa redonda y blanca, de hierro forjado. Para las niñas resultó alucinante. Nunca habían estado ahí. Aprovechando la ocasión, pidieron de comer inmediatamente: una espesa mariscada, especialidad del lugar.
Luego Simón, con un poco más de experiencia en el buen vivir, sugirió que un platillo como ese bien podía ser acompañado por una cerveza. A ellas les pareció una gran idea y no tardaron en hacerse de un par de Coronas.
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| Un modesto quiosco en la plaza de Jucuarán luce el nombre del alcalde. La plaza está siendo remodelada paralelamente a la campaña. |
Todo andaba muy bien, hasta que Simón se encontró a un colega y David a un tocayo: David Barahona, alcalde de Jiquilisco, con su botella de ron Flor de Caña y con su propio séquito de chicas se unió al festejo. Cuando la mezcla de ron y cerveza comenzó a hacerse notar en las maneras de Simón, las chicas recordaron que estaban ya pasadas de su hora de licencia. Y supieron también que la cerveza les corría por la sangre.
Hay dos versiones de cuánto tomaron las niñas esa noche: dos, dice María. 10, dice el dueño del restaurante que atendió la mesa y cobró la cuenta. En lo que coinciden es en que ambas conocieron esa noche la embriaguez.
A las 10:30 de la noche, los agentes Carballo y Sánchez patrullaban la ciudad de Puerto El Triunfo, pedaleando con parsimonia sus bicicletas, cuando algo les llamó la atención: había un pick up estacionado sobre la calzada, y se percibía actividades sospechosas en él. Una pareja estaba afuera del vehículo y otra adentro. Era mejor acercarse a echar un vistazo. Estacionaron sus bicicletas de tal manera que bloquearan las posibles salidas del vehículo.
El hombre que encontraron afuera estaba bastante ebrio y no dejaba de repetir que era alcalde de Jucuarán, mientras ignoraba a los agentes que le solicitaban que les presentara documentos de identidad. Se subió al pick up y emprendió la fuga en retroceso, pasando las llantas de su carro por encima de los hierros de la bicicleta de Sánchez, y destrozando en un limonero la defensa trasera del coche, para salir hecho un bólido rumbo a los territorios de su amigo de Jiquilisco, de quien se habían despedido hacía casi tres horas.
Pero a la entrada de este municipio, la policía había ya preparado su retén. Al ver las luces policiales, el pick up se detuvo en seco. Frente a una reparación de llantas, las puertas se abrieron y unas sombras salieron disparadas del coche.
Cuando la policía lo encontró, Simón estaba escondido tras unos matorrales, y en su intento de desaparecer, se había cubierto de hojas secas. Con él estaba David, un poco menos camuflado, y con ellos, María, asustada y ebria. En el carro encontraron a Saraí, que al verse rodeada hizo lo que su instinto teñido de alcohol le aconsejó: rendirse ante la ley. Y qué mejor forma de hacerlo que entregar a la policía la escopeta Maverik, calibre 12 y la Mágnum Taurus calibre 0.357 que Simón dejó tras su huida.
En el cuarto del mesón Alvita, Irma tiene el alma en la mano, y viendo correr el reloj no encuentra paz, hasta que recibe una llamada de la estación policial de Puerto El Triunfo. Este episodio le significó al alcalde de Jucuarán otra ristra de palabras malas en su expediente: “daños”, “privación de libertad” y “suministro de bebidas alcohólicas a menores de edad”.
Mecánicos y motoristas a cargo del despacho
Las bartolinas de la delegación policial de Usulután tienen dos series de jaulas. Una está en un garaje convertido en prisión. Un día a principios de diciembre de 2008 había dentro de ellas tres cuerpos semidesnudos, acostados sobre el piso de cemento completamente empapado por el agua que se escapaba del retrete. La celda estaba iluminada por una bombilla magra, que coloreaba el ambiente de una luz amarillenta. El calor contribuía a intensificar el vaho nauseabundo que acosaba a los tres sujetos que la poblaban. La escena recordaba vívidamente aquellas fotos de la prisión Abu Ghraib en el Iraq ocupado. Un hombre carente de varios dientes frontales levantó la cabeza para anunciar, como un himno: “Esto no sirve, aquí no sirve nada”.
La otra serie de celdas está al final de un patio amplio que bien podría haber sido recién asolado por un huracán, o alguna otra fuerza natural, capaz de esparcir tantos restos de tantas cosas irreconocibles por todos lados. Es un patio muy poco hospitalario, pero los prisioneros que en ella duermen tienen enormes ventajas con respecto de sus vecinos: como ver la luz del sol o deleitarse con las ráfagas de aire tibio que circula entre los barrotes. Esas ventajas las disfrutó ocho días Simón en enero del año pasado, en una jaula incluso menor que las que guardan a los monos en el Zoológico Nacional.
Ese día a inicios de diciembre, tres hombres habitaban la celda donde había estado Simón: dos por el delito de estupro -o sea mantener relaciones sexuales con menores de edad- y otro por propinar un puñetazo a su novia. Lejos de las celdas también estaba detenido un policía, que permanecía sentado y encadenado a las patas de su silla. Él le había fracturado todos los dedos de la mano a su mujer.
Parece que cometer delitos contra las mujeres causa furor entre algunos usulutecos. En los primeros días de diciembre, la noticia más comentada en la ciudad de Usulután era la captura de un individuo que solía pasear por las noches, montado en su bicicleta y que estaba acusado de violar y asaltar a al menos ocho mujeres. Mientras recorría la ciudad, un policía me señaló a un hombre que estaba sentado al fondo de un taller mecánico. “Ese sujeto también estuvo detenido un tiempo por cogerse a una niña y filmarlo”, me explicó.
A principios del año pasado, justo después de ser capturado y puesto en libertad por arrollar una bicicleta policial, conducir ebrio, retener a dos niñas y embriagarlas, a Simón le notificaron que la ley también lo reclamaba por violar a la niña que era su esposa. Por ese delito, el alcalde estuvo detenido ocho días en las bartolinas de Usulután a finales de enero de 2007, en espera del juicio. Sin embargo, pasados los ocho días, la jueza consideró que no era necesario, que Simón podía ser puesto en libertad, que un alcalde no escaparía, dejando acéfalo a su municipio. Y lo dejó en libertad y el alcalde escapó y dejó acéfalo el municipio.
Cuando la Fiscalía consiguió que se revocara la decisión de la jueza, descubrieron que Simón ya no estaba por ningún lado: ni en “La Casa del Pueblo”, ni en El Crucero del Amor, ni en casa de sus suegros, ni en la de Zulma… huyó. Desde el 5 de febrero hasta el 4 de mayo, Jucuarán tuvo un alcalde prófugo de la ley.
La acefalía duró poco y la ausencia del alcalde provocó que durante tres meses la alcaldía quedara bajo la dirección de los mecánicos y motoristas de los buses de Simón. Es que cuando en 2006 Simón aspiraba a ser elegido alcalde por segundo período consecutivo, recibió el apoyo de su concejo en pleno y los siete concejales salieron a patear los caminos de Jucuarán, pidiendo el voto para Simón Cruz y para el PCN. Pero el alcalde les tenía preparada una sorpresa.
“Como 15 días después de la elección nos dimos cuenta de que no nos había inscrito”, recuerda Vinicio Villanueva, ex segundo regidor de Jucuarán, sentado en uno de los quioscos de la plaza central. “Habíamos firmado documentos, habíamos firmado la inscripción, pero a última hora esos papeles quizás los destruyó, los ocultó… (En cambio) Había inscrito a trabajadores y amigos de él. Nosotros hicimos campaña, él llegó a través de nuestro esfuerzo. Toda la campaña la hice pensando que estaba inscrito… nos hizo fraude”, relata. Por haberlo engañado, su ex concejo lo denunció ante la Fiscalía, pero la demanda no prosperó, entre otras cosas porque aprovecharse de la ingenuidad no aparece en ningún código como delito.
De esa manera fue posible que el séquito de empleados de Simón, a quienes el alcalde sí inscribió como candidatos a concejales, tomara las riendas del municipio durante tres meses. El 3 de mayo Simón fue sobreseído y la Fiscalía apeló la resolución. El 28 de julio estaba programado un nuevo juicio, pero los testigos no asistieron: ni la niña-esposa de Simón, ni sus padres, ni Ana, ni el novio de Ana. El juicio se suspendió y se giró una orden para que todos ellos fueran llevados por la fuerza ante el tribunal, escoltados por la policía. Cuando los agentes llegaron a las casas de los testigos, estos habían desaparecido. Escaparon para no declarar. El 1 de agosto, Simón fue absuelto del delito de haberse robado a una niña de 14 años y del delito de hacerla su mujer. No podrá, nunca más, ser juzgado por ello.
El director fiscal de la zona de oriente, René Peña, le dio un vistazo al expediente que contiene el caso… hizo memoria unos minutos y movió la cabeza con un gesto de desaprobación: “Es obvio que este señor, Simón Cruz, el alcalde de Jucuarán, influye… es una persona –creo- no de muy buena influencia para la zona, y es obvio que él influyó para que tanto la menor como los padres no se presentaran. Creyó que casándose con la víctima menor se iba a disolver el ilícito y no, la ley establece que aunque se case, aún es delito y por eso se llegó hasta las últimas instancias y el resultado fue un absolutorio, porque no se contó con prueba directa, o sea, la menor y los padres de ella… es obvio que tuvieron que ejercer influencia para que se escondieran y que no nos dieran el apoyo para condenar a este señor”.
José Simón Cruz aún llega algunas noches a aquel ranchito sencillo donde vive una niña –ahora de 16 años recién cumplidos- que es su esposa.
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| Taller de mecánica automotriz especializada en autobuses propiedad del alcalde. |
La única conversación que conseguí tener con el alcalde aparece registrada en mi teléfono celular con una duración de casi 11 minutos, en el archivo de llamadas entrantes. Algunas veces había intentado localizarlo sin mayor éxito: la primera vez simplemente dijo que no. Las otras no se molestó en responder y me dejaba escuchar una melosa canción de Enrique Iglesias que ha establecido como sonido de espera en su teléfono y que parece escogida con mucho tino:
“Tú no sabes quién soy yo,
No sé quién eres tú,
Y en realidad, quién sabe qué somos los dos
Y yo como un secuestrador te persigo por amor,
y aunque tú no sepas mi dirección, mi apellido y mi voz,
y la clave de mi corazón...
Alguien te quiere, alguien te espera, alguien te sueña
y tú sabes que soy yo,
Alguien te piensa constantemente, alguien te busca
y por fin te encontró,
¡Alguien te amó y alguien soy yo!”
Pero el día cuando Simón Cruz me llamó, estaba enojado:
-Me dicen que llegó a la casa de mis suegros.
-Así es, lo andaba buscando.
-Pero es que usted no tiene por qué andar buscando a nadie ahí. Me llamaron bien enojados. Nada debo yo… lo que sí le voy a pedir es que ya pare de andarme siguiendo los pasos.
-Es que necesitaba hablar con usted, alcalde. Me he enterado de que tuvo algunos problemas…
-Nada sé yo de eso… es política, eso es pura política… yo lo que quiero es hacer el bien y trabajar por mi pueblo…
-… Por casarse con una menor de edad…
-Lo que pasó, pasó, ¡deje de estarme siguiendo los pasos¡ Yo me casé con ella porque los padres estuvieron de acuerdo.
-Pero entiendo que es un delito estar con una menor de edad, más aún siendo tan joven como lo era su esposa cuando se fue con usted.
-¿Y entonces por qué no les dice que me amarren pues, que me vengan a amarrar?
-¿Que lo amarren?
-Sí. ¿Por qué no viene a amarrarme?
-¿Por qué habría yo de amarrarlo a usted, don Simón?
-Pues sí, si dice que yo debo algo… vaya a preguntar a la Fiscalía si me han condenado.
-Pero fue porque no llegaron los testigos.
-Entonces, ¿por qué no los lleva usted a la fuerza, pues?
-Y el 29 de diciembre de 2007 lo encontraron con unas niñas en estado de ebriedad.
-Nada sé yo de eso, yo de eso no voy a hablar con ningún periodista. Ya pasó. Óigame: ¿y por qué le siguen dando vuelta a ese volado, pues?
-También dicen que engañó a la gente que estaba en su ex concejo municipal.
-Nunca les dije que los llevaba, ¡que vuelen verga para ver si la gente los quiere! Yo no les prometí nada, cuando la gente se porta mal con uno, uno no los lleva. ¡Que vuelen verga a ver si pueden! Ya no quiero -oiga lo que le digo-, ya no quiero que me esté siguiendo los pasos, deje de meterse en mis cosas personales, porque… no me gusta eso…
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| Casa de Simón Cruz, donde funcionó el restaurante El Crucero del Amor. |
Simón tenía razón en un punto: él es un hombre libre. La justicia lo ha exonerado de todas las acusaciones. En el caso de María y Saraí, también fue absuelto. Como en el otro expediente, ninguno de los testigos quiso cooperar con la Fiscalía y también se cambiaron de domicilio para no ser llevados ante el tribunal mediante la fuerza.
A las dos niñas que hace un año Simón Cruz invitó a tomar Coronas en El Kayuquito.com aún las persiguen las lenguas, los rumores. Doña Alvita, la dueña del mesón que lleva su nombre, recuerda que alguna vez tuvo entre sus inquilinos a “dos muchachas loquitas”. Les ha perdido la pista, dice, pero nunca le parecieron chicas de fiar, por eso no le extraña que hayan tenido problemas con la policía. “Mire, si sabe algo de ellas me viene a contar”, me pide, y se vuelve a meter a su tienda, bastante bien surtida, en pleno barrio El Calvario.
El mesón donde las chicas viven ahora queda a unas pocas cuadras del anterior y no tiene nombre, pero sobre el portón verde que es su única entrada, alguien ha escrito en letras grandes, como un bautizo informal, “Fuck the world”. No ha sido Saraí, porque ella no escribe en inglés, ni en ningún otro idioma. Es analfabeta.
Dentro del mesón, al que por lo pronto podríamos llamar “Que se joda el mundo”, hay un laberinto de ropa tendida y una niña que juega con los restos de una muñeca. Me señala la pieza donde viven María y Saraí. Es un cuartito de unos cinco metros cuadrados, con dos camas medianas y una plancha negra de gas sobre la que descansan algunos pocillos metálicos.
María entreabre la puerta y asoma su rostro moreno cenizo. Medirá poco más de metro y medio. Lleva una minifalda de lona y el pelo húmedo. No deja nunca de peinarse con las manos. Dibuja una sonrisa de medio lado cuando conoce el motivo de mi visita y entorna sus ojos coquetos:
“Uno ebrio no se acuerda de lo que dice… el que tuvo la culpa fue el alcalde de Jiquilisco que le dijo a don Simón que tomara Flor de Caña… nosotros no queríamos problemas con él, eso no es delito, no es que me hayan puesto una pistola para que tomara, ahí fui yo la que acepté. Era la primera vez que tomaba, pero como la sentí rica, pedí otra, ja ja ja ja… él nos decía ‘siéntanse bien, que andan con Simón Cruz’… ja ja ja ja... no, pero el maitro es buena onda… mire, y si le puedo hacer una pregunta: ¿por qué se acuerdan ustedes de eso?”
No ha vuelto a reunirse con Simón, pero él la saluda cuando pasa en su pick up por las calles de Usulután. Posiblemente no ha tenido tiempo de visitarla porque está en plena campaña buscando su tercer período. María se ríe, juguetona, y vuelve a su pieza repitiendo en susurro: “¡Aaay, nooo, ya ni me quería acordar de eso”.
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