No importa si es FMLN o Arena. A la larga, la designación de sus candidatos a diputados y alcaldes parece ser una cosa calcada; y la forma en que estos son ratificados, una burla a la democracia.
Siempre es lo mismo: Banderas, caras pintadas, himnos, mantas, binchas, barras que gritan consignas de cambio mientras apoyan incondicionalmente al que les regaló la camiseta, los subió a un bus que los llevó hasta las puertas del escenario deportivo y les prometió una cajita de pollo Campero o un plato de lo que fuera para llenar la panza a la hora del almuerzo.
El punto es hacer tumulto y bulla, mucha bulla. El punto es que no quede un espacio vacío en la grada para cuando los fotógrafos y camarógrafos enfoquen sus cámaras; que se escuche el nombre del candidato –a alcalde o diputado, y que de paso clamen por el presidencial- que más le guste al que paga el transporte y el pollo. El punto es ese...
El resto queda en mano de los delegados, convencionistas o asambleístas –dependiendo de cómo han bautizado los partidos políticos a esos militantes con “poder” para decidir-; los que tienen los votos en sus manos, los que aprueban o desaprueban los nombres de los candidatos para lo que sea. Ellos, según rezan los reglamentos, estatutos y normas de los institutos políticos salvadoreños, son los que realmente mandan.
Y por eso, sin importar el color ni la bandera política con que se arropen, ellos llegan decididos a hacer valer los estatutos de su partido… Así, levantan la mano –derecha o izquierda, según quién presente los candidatos- y aprueban a ciegas los listados previamente hechos por la dirigencia del partido, esos en lo que poco o nada tuvieron que ver.
Pero eso al final no importa, como no importa cuantos votaron o si alguien quería abstenerse y no levantó su puño. A esas alturas, el jefe, el mandamás, el secretario general o el presidente del partido aclama la victoria de la democracia interna. “Aprobados por unanimidad”, dice uno. “Aprobados por aclamación”, sostiene el otro. Y ambos sonríen porque, en ese show que llaman Asamblea o Convención Nacional, nadie se opone a los nombres que ellos o sus allegados dispusieron que eran “los mejores”.
¡Sí, los mejores! Los mejores porque se han ganado el puesto sudando la camiseta, porque se les deben favores o porque –no crea, de todo hay en la viña del Señor- son los más adecuados para manejar los destinos del país.
“En este país somos libres a elegir democráticamente entre los candidatos que las dirigencias políticas han elegido… Hasta ahí llega la democracia”, me dijo un amigo hace un par de meses. Sonreí con desgano y hastío después de escuchar sus palabras.
Ere ese mismo desgano con el que me leía la lista de diputados y de alcaldes de los “grandes partidos políticos del país”; el mismo hastío con que vi como las gradas del Cuscatlán, Jorge “Mágico” González o el Adolfo Pineda se llenan con gente que quiere una camiseta y un almuerzo… Mientras los que “deciden” gritan una consigna, levantan su mano –la derecha o la izquierda, según sea su gusto- y aprueban unánimemente y por aclamación lo que la llamada democracia interna de su partido ya dictó por ley… Y ahí no importa si es Arena o el FMLN, al final sigue siendo igual. |