Llama la atención cómo las elecciones salvadoreñas se han comparado insistentemente con la contienda presidencial en los Estados Unidos. Hasta la saciedad hemos escuchado las aparentes similitudes entre dos procesos electorales que a mi juicio no tienen nada de parecidos, excepto que los cuatro candidatos han adoptado la palabra “cambio” para tratar de diferenciarse de sus antecesores y para mostrarse ante los votantes como los nuevos redentores de una clase política cada vez más carente de liderazgos.
Más bien, el análisis comparativo pone evidencia la enorme brecha que separa a nuestra joven y débil democracia de uno de los sistemas políticos más desarrollados del mundo. Como muestra, algunos botones.
Obama y McCain se convirtieron en candidatos de sus respectivos partidos como resultado de elecciones primarias transparentes e inclusivas. Tanto demócratas como republicanos tuvieron la oportunidad de escoger entre diferentes liderazgos partidarios que recorrieron el país vendiendo ofertas electorales para conquistar a sus bases. No fue un proceso exento de golpes bajos y divisiones internas, pero al final, las cúpulas partidarias no hicieron más que garantizar el proceso y respetar la decisión de sus allegados.
Ni Funes ni Ávila llegaron adonde están porque las bases lo quisieran. Mientras el primero fue impuesto por la cúpula de su partido sin consultarle a nadie; el segundo fue escogido mediante un proceso interno cuestionado por su falta de transparencia y por su subordinación a los intereses de ciertos grupos dentro del partido. Estas diferencias en los procesos de selección no son sólo de forma, son, principalmente, muestras de la debilidad institucional de nuestros partidos políticos y de un discurso democrático que solo opera hacia fuera pero que no cala hacia adentro.
La cultura del debate es otra de las grandes diferencias. Tanto Obama como McCain debatieron ampliamente con los contendientes dentro de sus partidos y lo hacen ahora, entre ellos, como candidatos oficiales. Han debatido de casi cualquier cosa, incluso de los temas más complicados como la crisis económica y la guerra en Iraq. Los debates han servido para que el votante los conozca mejor y descubra sus fortalezas y debilidades. Sin duda alguna, los estadounidenses acudirán a las urnas con mucha más información y criterio sobre quienes aspiran a gobernarlos en los próximos cuatro años.
En nuestro caso, por el contrario, el debate político sigue siendo el gran ausente del proceso electoral. Ni los candidatos ni los partidos asumen su responsabilidad política frente al electorado. El principal partido de oposición ha dicho que está dispuesto, pero para que haya debate debe haber al menos dos, y mientras los otros partidos se sigan negando, la descalificación y la confrontación seguirán ocupando el puesto que le pertenece al diálogo y a la reflexión.
Una tercera diferencia. En pleno proceso electoral, Estados Unidos enfrenta una de las mayores crisis financieras de su historia. No es una cuestión menor, grandes bancos y empresas aseguradoras se han declarado en quiebra, Wall Street tambalea diariamente, el mercado inmobiliario está convulsionando y el sector de la construcción – uno de los más dinámicos de los últimos años – está en plena contracción.
En este escenario, ambos candidatos y ambos partidos han sabido separar la crisis de la contienda electoral y han incluso hecho una “pausa” en sus campañas para dialogar y buscar soluciones de manera conjunta. El acercamiento para apoyar un Plan de Rescate Financiero por $700,000 millones ha sido posible, entre otras cosas, por la actitud de los candidatos y su liderazgo dentro de los partidos.
En El Salvador no estamos aún en una crisis tan profunda, pero todo indica que, de no lograr acuerdos básicos en materia fiscal, podríamos estarnos acercando a una situación financiera delicada en el corto plazo. Sin embargo, ni Funes ni Ávila, ni ARENA ni el FMLN han mostrado disposición clara para sacar este tema de la agenda electoral y discutirlo con visión de país. En momentos de incertidumbre lo más importante es generar confianza, y nadie mejor que los candidatos presidenciales para asumir esta responsabilidad.
Insisto en que los procesos electorales de Estados Unidos y de El Salvador no se parecen en casi nada, pero si compararnos con el sistema político de nuestros vecinos del norte se ha vuelto una práctica común, utilicémoslo entonces para consolidar nuestra democracia y fortalecer nuestra institucionalidad. Hagamos que la comparación sirva de algo. Tomemos lo bueno y adaptémoslo a la nuestra realidad. |