Según la crónica de una periodista, unos 125 militantes de ARENA y 15 del FMLN discutían por un lugar con características propicias para pintar y pegar propaganda. Unos policías se presentaron al lugar con la intención de aplacar la polémica. En lugar de lograr que se propiciara un acuerdo, un par de los agentes resultaron lesionados por piedras que de pronto fueron lanzadas de entre la muchedumbre. Al final algunos de los militantes fueron capturados por la policía.
Así son de irracionales muchas de las conductas que se observan en tiempos electorales. Es una paradoja que siempre me intriga. Las elecciones libres es la conquista más alta del mundo civilizado. Un país que las práctica se precia de poner la razón por encima de la fuerza. Se trata de pueblos que pueden presumir de haber expulsado la barbarie en la representación del poder.
Mas la realidad da cuenta de que las elecciones son una expresión cuya única racionalidad reside en su capacidad encapsular el salvajismo. Son como una especie de piel lustrosa o buen vestido, que dejan al interior del cuerpo social a las más bajas pasiones sueltas, enfrentadas y vencidas en un derroche inmensurable de energía.
Fuera de la cápsula somos una democracia ejemplar. Sucesivamente hemos realizado elecciones libres sobre una misma Constitución y en cumplimiento al pacto de 1992 que hizo callar la locura de la guerra. Contamos con un sistema político plural que mantiene a los militares bajo el mando civil y que logró asimilar a organizaciones guerrilleras.
Pero por dentro el reptil se retuerce con toda su fuerza. Un moralismo extremo nos invade, o más bien aflora, con el que se vuelve fácil distinguir entre el bien y el mal. La primera categoría corresponde a nuestros candidatos y la segunda a los contrarios. Los puentes de interpretación, mediación, comparación o evaluación razonable se derrumban. Es como una interrupción entre las ligazones de nuestro cerebro que por un buen tiempo desactivan los sentidos de lucidez y ecuanimidad.
El orden de las prioridades y de la relación entre propósitos y medios se retuerce. El fin único buscado y aceptable es que nuestro partido logre la mayor cantidad de cargos posibles. Todos los otros asuntos, incluyendo las consideraciones sobre los problemas fundamentales que afectan a la población, quedan como medios que deben ser acomodados a las circunstancias electorales.
Cobran lugar asociaciones que serían imposibles bajo un esquema lógico. Relaciones forzadas con otros países y sistemas, promesas sin sustento, sobrevaloración épica del momento, divinización o satanización de los candidatos, atención inusual hacia las necesidades de la gente. En fin, un alocado espectáculo que muy bien saben animar y aprovechar los medios de comunicación.
Los escalones para llegar a estados de agresividad se acortan. Es como si un potente magneto se activara atrayéndonos irresistiblemente hacia pautas violentas. Y no se trata sólo de fuerza física, sino de todas aquellas expresiones de arrogancia que llevan a atropellar sin reparo a quienes consideramos diferentes. El modo de hablar, de escuchar, de hacer ademanes, de gesticular expresiones, de andar y de vestirnos cambia con un patético dramatismo.
También hay un lado gracioso, al menos yo así lo tomo, el de los analistas que dan argumentos para ir en favor o contra de los partidos en contienda. Los edificios que construyen no alcanzan la fuerza de uno hecho con naipes. No entiendo por qué no aceptan llanamente, lo cual sería más razonable, que votar en un país de baja cultura política, con medios de comunicación poco profesionales y con partidos políticos con rasgos antidemocráticos, es más un acto de fe religiosa que otra cosa.
En fin, a los policías apedreados ojalá pronto les sanen las lesiones. Pero no esperemos lo mismo, es decir reparaciones rápidas, en la obra electoral. Y es que no se puede arreglar algo que nunca ha existido: una cultura cívica y política fundada en razones, con la sensibilidad suficiente para entender que todos estamos en el mismo barco y que podemos navegar mejor si actuamos como sociedad inteligente. Eso hay que irlo creando y cuidando poco a poco. |